sobre la madera pelada y el gris del invierno-
de la niña a punto de besar
cuando echa las cartas con una baraja de hojas caídas

NOS PUSIMOS a vivir juntos
no porque nosotros
lo quisiésemos
sino porque
no podíamos dejar de hacerlo
Nosotros no nos vamos
cada uno por nuestro lado
aunque es lo que queremos
porque todavía no podemos prescindir
el uno del otro
Si esto es odio
¿cómo es entonces el amor?
A MÍ ME FUE fácil
al principio
bastaba con amar
Era bien fácil
amar
cuando una siempre había estado rodeada
de amor
y cuando había aprendido muy temprano
que el amor era lo más grande
y lo más alegre
y lo mejor que había
Mientras hubo amor
todo fue bien
Pero luego se convirtió en odio
y el odio estaba prohibido
cuando yo era pequeña
¿Cómo proceder
con un odio
que no puede existir?
No se dicen palabras feas
No se blasfema
No se pega
No se grita
No se dan portazos, desde luego
No se deja traslucir nada en la cara
No se tira ninguna cosa
naturalmente
Hay que tratar de ser verdaderamente amable
cuando se odia
Hay que tragarse el odio
comérselo
no manifestarlo
no admitir nunca su existencia
A mí no me fue fácil
odiar
pero lo fatal fue
no hacerlo.
Marta Tikkanen, nacida en 1935, pertenece a la minoría finlandesa de expresión sueca. Ha escrito guiones, textos dramáticos, colaboraciones periodísticas y dos novelas: Los hombres no pueden ser violados y Caperucita roja.
La historia de amor del siglo. Editorial Hiperión. Traducción de Francisco J. Uriz. Lamentablemente, descatalogado. Fue publicado en 1978.
La ilustración pertenece al cómic The Alcoholic de Dean Haspiel

Soy el perro que sacrificaste,
como a ti te gusta llamar a la aguja del olvido,
regreso para decirte esto tan sencillo:
nunca me gustaste -ni un ápice.
Cuando lamía tu cara,
pensé en arrancarte la nariz de un mordisco.
Cuando observaba cómo te secabas con la toalla
quería saltar y amedrentarte a dentelladas.
Me ofendía la forma tuya de moverte,
tu falta de elegancia animal,
la manera en la que te sentabas a comer,
la servilleta en tu pierna, el cuchillo en la mano.
Me habría escapado,
pero estaba demasiado débil, un truco que me enseñaste
cuando estaba aprendiendo a sentarme y caminar pegado a tí
y -el mayor de los insultos- estrechar manos sin mano.
Admito que la visión de la correa
me ilusionara
pero sólo porque estaba a punto
de olisquear cosas que tú nunca habías tocado.
No quieres creerlo
pero no tengo motivos para mentir.
Odiaba el coche, los juguetes de goma
no me gustaban tus amigos y, menos aún, tus parientes.
El tintineo de mis chapas me sacaba de quicio.
Siempre me rascabas en el sitio equivocado.
Lo único que quería de ti
era comida y agua fresca en mis cacharros de metal.
Mientras dormías, observaba tu respiración
a la vez que la luna se elevaba en el cielo.
Necesite de toda mi fuerza
para no alzar la cabeza y aullar.
Ahora me he liberado del collar,
la gabardina amarilla, el jersey con el nombre grabado,
la estupidez de tu césped perfecto,
y eso es todo lo que necesitas saber sobre este lugar
excepto lo que ya suponías
y estás satisfecho de que no ocurriera antes-
que aquí todo el mundo sabe leer y escribir,
los perros poesía, los gatos y el resto en prosa.
Billy Collins (nueva York 1941) se retrata como un profesor universitario que va en coche a dar clase, entra en una cafetería y lee el nombre de la camarera en el rótulo de su camisa, abre una enciclopedia y recuerda su infancia, cena un sandwich de jamón y una cerveza fría.
Lo malo de la poesía. Baterbly Editores. Traducción y prólogo de Juan José Lamagro Iglesias
La ilustración es de Frederik Peeters, extraído del cómic Píldoras Azules

Palparon los de la ambulancia el cuerpo,
frío, lo subieron, pesado como el hierro,
a la camilla, le intentaron cerrar
la boca, le cerraron los ojos, ataron
los brazos a los lados, apartaron un mechón
de pelo enredado, como si importara,
vieron la forma de sus pechos, aplastados por
la gravedad, bajo la sábana,
se la llevaron, como si se tratara de ella,
escaleras abajo.
Esos hombres nunca fueron los mismos. Salieron
después, igual que hacían siempre,
a tomar una copa o dos, pero no podían
mirarse a los ojos.
................Dieron sus vidas
un vuelco- uno sufría pesadillas, dolores
extraños, impotencia, depresión. A otro
no le gustaba su trabajo, su mujer le parecía
diferente, sus hijos. Incluso la muerte
se le antojaba distinta -un lugar donde ella
le estaría esperando,
y el otro se encontró a sí mismo por la noche
en el umbral de la habitación del sueño, escuchando
a una mujer respirar, tan sólo una mujer
normal
respirando.
Sharon Olds, poeta estadounidense nacida en 1942. Es profesora de escritura creativa en la Universidad de NY y en el Hospital Goldwater para personas con parálisis severas.
Los Muertos y los Vivos. Bartleby Editores. Traducción de J.J Almagro Iglesias y Carlos Jimenez Arribas.
La ilustración es de Charlie Powell
Te quiero cuando dices: mira cómo te tomo,
mírate mientras te tomo.
Te quiero cuando levantas mi cadera, me
deseas, estás dentro y me sacudes hasta la
garganta. Me ahogo y te quiero.
GIULIANA

Ahora que lo preguntas, la mayor parte de los días no puedo recordar.
Camino vestida, sin marcas de ese viaje.
Luego la casi innombrable lascivia regresa.
Ni siquiera entonces tengo nada contra la vida.
Conozco bien las hojas de hierba que mencionas,
los muebles que has puesto al sol.
Pero los suicidas poseen un lenguaje especial.
Al igual que carpinteros, quieren saber con qué herramientas.
Nunca preguntan por qué construir.
En dos ocasiones me he expresado con tanta sencillez,
he poseído al enemigo, comido al enemigo,
he aceptado su destreza, su magia.
De este modo, grave y pensativa,
más tibia que el aceite o el agua,
he descansado, babeando por el agujero de mi boca.
No se me ocurrió exponer mi cuerpo a la aguja.
Hasta la córnea y la orina sobrante se perdieron.
Los suicidas ya han traicionado el cuerpo.
Nacidos sin vida, no siempre mueren,
pero deslumbrados, no pueden olvidar una droga tan dulce
que hasta los niños mirarían con una sonrisa.
¡Empujar toda esa vida bajo tu lengua!
que, por sí misma, se convierte en pasión.
La muerte es un hueso triste, lleno de golpes, dirías,
y a pesar de todo ella me espera, año tras año,
para reparar delicadamente una vieja herida,
para liberar mi aliento de su dañina prisión.
Balanceándose allí, a veces se encuentran los suicidas,
rabiosos ante el fruto, una luna inflada,
Dejando el pan que confundieron con un beso
Dejando la página del libro abierto descuidadamente
Algo sin decir, el teléfono descolgado
Y el amor, cualquiera que haya sido, una infección.
Anne Sexton nació en Newton, Massachusetts, en 1928. En 1960 publicó su primer libro de poesía, To BedIam and Part Way Back, al que siguieron otros nueve, entre ellos All My Pretty Ones (1962) Live or Die (1966); Love Poems (1969) The Book of Folly (1972) y The Death Notebooks (1974), además de tres libros póstumos. En 1963 recibió el American Academy of Arts and Letters Award y en 1967 los premios Shelley y Pulitzer, En 1968 fue distinguida por la Universidad de Harvard por la totalidad de su obra. Profesora de la Universidad de Boston desde 1964, se quitó la vida en 1974.
El Asesino y Otros poemas. Icaria Editorial. Traducción de Jonio González y Jorge Ritter.